Aquellas hojas en el suelo - PARA ENCONTRARSE


Clara, detrás de aquella ventana, con los ojos aún hinchados de tanto llorar, con la mirada perdida en aquel superfluo recuerdo de donde todas las sonrisas se esfumaron, de donde todas esas ganas que la caracterizaban se perdieron, lanza algunas palabras al aire, esperando que aquel príncipe azul lo reciba una vez más con la constancia de aquel primer deseo, pidiendo que él por fin se de cuenta de que ella es su complemente, la princesa de aquel cuento.
Pálida, sin rastros de su presente, con borrones de aquel pasado añorado y rechazado, con sus manos extendidas sedientas de esperanzas, de algo en que creer, pues hoy como muchas veces antes, se siente a morir por sus recuerdos, por aquella tristeza que nace dentro de ella haciéndola de gritar de rencor y de despecho: “¡Por qué a mí!”, sin necesidad de recibir respuesta pues bien sabe que los tiempos son distintos. Intenta ser discreta entre su soledad, mira hacia la ventana, y empieza a llorar por dentro, por fuera.

Milagros es una chica a la que le gusta soñar, siempre emprendedora, con la cabeza bien en alto para distinguirse de aquella multitud que vive siempre con el miedo de la superioridad, o de los superiores que para ahora son lo peor que le puedo haber sucedido a este pedazo de rincón abandonado al desgaste del tiempo. Nunca hablaba de amor, siempre la contagiaba aquella timidez y se ruborizaba porque decía que no había todavía una necesidad para ello, que aún no era una de sus prioridades, pero por dentro sentía esas ganas de poder compartir todo ese amor que podía ofrecer a aquel príncipe de sus sueños más hermosos y enrojecidos y esperaba cada segundo poder encontrar a alguien que la pudiese conquistar con los detalles, las formas de hablar y las cartas que podrían ser prueba material de que alguien por fin ha llegado hacia ella para enamorarla y no pensar por momentos de delirio del calor sofocante de que es un sueño más y que nunca fue tan real como en su imaginación. Nunca lo dijo, se describía a ella misma como débil en aquel aspecto y de cualquier forma le gustaba serlo, así podía creer en las esperanzas del amor y que algún día se llegara a sentir llena de vida y florecer todas las mañanas al lado de su complemento, de noches vivir la experiencia más agradable de la fundición del amor en los bellos actos de la procreación, ser una esposa bella y amada, una mujer resuelta y soñadora, que aspire metas y siga hacia adelante y una madre cariñosa, tierna y comprensiva, capaz de dar la vida antes de sus hijos y protegerlos de todo el mal de este mundo.
A los 78, mientras estaba sentada en su balcón tomando un café y observando a la muchedumbre en medio del calor, con euforia y muestras de fe muy extremas con la procesión del Cristo milagroso a algunas cuadras de su casa, ella se llenaba de dolor. Ya era demasiado tarde para que sus sueños pudiesen lograrse, se sentía muy vacía por dentro y no podía entender cual fue la intención del ser divino en traerla al mundo si lo que ella más quería era ser feliz, siempre en su sendero y al lado del hombre que él le había preparado para que fuese feliz. Nunca lo encontró o quizá nunca existió.
Sus bellos ojos se perdieron en medio de aquel infierno terrenal, por primera vez su mente bloqueó sus recuerdos y la necesidad de llorar se hizo presente tan sólo por haber mantenido aquella imagen dentro de su mente por todos esos años o quizá la esencia de aquella imagen que por causa justa de sus sueños nunca pudo borrarlas para poder sobrevivir de aquel infierno de tristeza que le iban a venir después de aquel suceso; ella en su ventana, cuando Mario Campos nunca llegó, cuando por fin abrió los ojos y se dio cuenta de que estuvo sorda a los consejos de sus amigas, quizá y estuvo demasiado desesperada por aquella muestra de amor que el galán le demostró esa tarde en la heladería y lo definió como su príncipe azul y ninguna prueba cuerda y con argumentos pudo derrumbar aquella idea, tan sólo él podía y vaya que lo hizo.

-Ya me voy.

-¿Me llevarás contigo?

-Estás loca, tú bien sabes que sólo fue un momento.

-¿¡Qué!?... Pero yo te amo.

- Y yo amo a mi familia.

¿Cuál fue el problema? ¿Por qué tuve que caer tan al fondo la primera vez?, se preguntaba y dentro de ella se acrecentaba la respuesta.
Andy se le acercó, y entre ellos se mostró otra vez aquel lazo que de pequeños solían tener, confianza, ella se recosto sobre su hombro y empezó a llorar. Mientras él la acompañaba en el dolor, Milagros se sorprendió de verlo llorar. "El dolor de los que sufren me duele también", dijo y ella se sentía tan perdida que concordó con él y esas palabras se quedaron envueltas en su interior como algo mágico olvidando por completo lo que entre sollozos le dijo después, "Amor es amarte aun cuando ames a otro, es ayudarte cuando te sientas fatal."

Cuando el Cristo se detuvo delante de ella empezó a llorar, las gotas de aquel Mayo renacieron sobre ella y esas ganas de sentirse perdida desaparecieron. ”Gracias Dios, Gracias Cristo bendito”.

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Encontrar un camino, después de tiempo, aunque hayas estado por siempre perdido... no importa si al final te vuelves a encontrar, aunque no lo puedas realizar.

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