La vela roja
Ella Hay madrugadas en que el cuerpo está quieto, pero la mente no descansa. Ella miraba el techo, escuchaba el silencio roto por algún perro lejano, y sentía que algo dentro de sí se desbordaba. No sabía cómo nombrarlo: miedo, cansancio, deseo de huir. Solo intuía que el día que comenzaba no sería como los demás. Era joven, y en esa juventud todo se siente absoluto. Cada emoción parece definitiva, cada decisión, irreversible. No había aprendido aún que el tiempo suaviza los bordes, que lo que hoy parece insoportable mañana se recuerda con ternura. Esa ignorancia era también su pureza: creer que lo que estaba en juego era solo un amor, cuando en realidad lo que se tambaleaba era la forma en que entendía el mundo. Ese día estuvo marcado por relojes. Las cinco de la mañana: preguntas sin respuesta, el cielo encapotado, la sensación de vacío. Las diez: el abrazo de una desconocida en la calle, un instante de consuelo que se deshizo en lágrimas. La tarde: la sala llena de risas ajenas, ...